Ramiro Lóizaga
Antes de tener neuropatía nunca había pensado demasiado en cómo el cuerpo influye en el trabajo.
Simplemente trabajaba.
Hoy lo pienso bastante más.
Soy trabajador independiente, y eso significa que cuando el teléfono suena hay clientes, proyectos y responsabilidades. Pero cuando el cuerpo está raro o el dolor aparece, esa dinámica cambia.
Hay días en los que termino varios días seguidos de trabajo intenso y, paradójicamente, cuando finalmente todo se calma aparece otra cosa: ansiedad. El teléfono deja de sonar, los proyectos están entregados, pero la cabeza sigue girando. Empiezo a pensar qué más podría ofrecer, qué otro servicio podría crear, cómo generar más trabajo.
Pero cuando convivís con una enfermedad crónica también aparece otro pensamiento silencioso: la necesidad de asegurar el futuro, de generar estabilidad. Y en medio de todo eso está el cuerpo, que a veces decide moverse a otro ritmo.
Hubo días, por ejemplo, en los que me levanté con la glucosa en 230, me puse insulina rápida, y después de unas horas estaba en 90. Momentos así hacen que uno esté más pendiente del cuerpo de lo que estaba antes. No es posible simplemente ignorarlo y seguir adelante como si nada.
Trabajar con neuropatía no es imposible, pero sí cambia algunas reglas.
Hoy intento escuchar más al cuerpo, hacer pausas cuando hace falta y aceptar que algunos días van a ser más lentos que otros.
No es algo que me hubiera imaginado antes. Pero es parte del proceso de aprender a convivir con algo que llegó sin pedir permiso.
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Abrir la calculadoraEste artículo refleja la experiencia personal del autor con diabetes y neuropatía diabética. No constituye consejo médico, diagnóstico ni recomendación de tratamiento de ningún tipo.
Si estás atravesando síntomas de neuropatía, dificultades para trabajar relacionadas con tu diagnóstico o cualquier duda sobre tu salud, consultá con tu médico, endocrinólogo o un profesional de salud mental. Cada situación es diferente y requiere atención individualizada.
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